Disgustados por toda la eternidad: el curioso detalle de la tumba de María del Carril y su esposa

Cultura 02 de octubre de 2022
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El sanjuanino Salvador María del Carril mientras permanecía exiliado en Uruguay contrajo  matrimonio con Tiburcia. Ellos vivieron una vida de casados que fue larga y feliz, pero como muchos otros de la época, se separaron. Si bien no de la peor manera, sí de una forma que aún hoy sorprende, y eso se ve reflejado en la tumba de ambos en el cementerio de la Recoleta, en donde las esculturas que los recuerda se dan la espalda.






El Cementerio de la Recoleta no sólo llama la atención por las personalidades de la historia argentina que se encuentran aquí sepultadas, sino también por su valor arquitectónico, pues entre sus imponentes bóvedas y tumbas hay más de 80 que han sido declaradas monumento histórico nacional. Además, este sitio es considerado como un museo de arte al aire libre en donde se pueden ver diferentes esculturas realizadas por famosos artistas, hermosos vitrales y puertas con trabajos de herrería bellísimas.

Pero, también, contiene entre sus pasillos y rincones historias y leyendas de las personas que yacen aquí, como la bóveda donde yacen los restos de la familia del sanjuanino Salvador María del Carrill y su majestuoso monumento. La construcción impresiona a cualquier observador, pero hay un detalle relevante dispara la curiosidad de muchos: las esculturas que recuerdan a  Salvador y quien fuera su esposa, Tiburcia Domínguez y López Camelo, se dan la espalda.

Hoy la figura la figura legendaria y polémica de María del Carril es rescatada por los historiadores como un actor fundamental del devenir de la política argentina. En 1831, mientras permanecía exiliado en Uruguay durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Salvador María del Carril contrajo primeras nupcias con Tiburcia, quien era 16 años menor que él. En ese momento del Carril tenía 33 años de edad, y ella apenas 17.

El largo matrimonio tuvo una prolífica descendencia con una mujer y seis hijos varones. Pero como muchos otros de la época, este terminó. Si bien no de la peor manera, sí de una forma que aún hoy sorprende.

Los primeros 25 años de matrimonio no parecieron ser complicados, porque si bien tuvieron algunas dificultades económicas en el exilio, no fueron graves. Sin embargo insólitamente los problemas parecen haber empezado cuando mejoró la situación económica de del Carril, quien tuvo la suerte de recibir una herencia de su familia y de compartir algunos emprendimientos con el acaudalado Justo José de Urquiza.

A partir de entonces Tiburcia descubrió que padecía una compulsión por gastar dinero en joyas, perfumes y vestidos. Esta manera apremiante de prodigar el capital comenzó a generarle serías dificultades con su marido, quien le reclamaba que cuidara sus gastos.

Harto ya de esta situación, en 1862 del Carril publicó una solicitada en todos los medios de Buenos Aires, informando que él ya no se haría cargo de los gastos de su cónyuge, motivo por el cual exhortaba a los comerciantes a que cancelaran el crédito del que ella era acreedora por su condición social, exponiendo a su esposa a un escarnio público.

Tiburcia se sintió humillada a tal punto que, sin llegar a separarse de su esposo, no volvió a dirigirle la palabra. Así, en silencio, vivieron durante 20 años más, hasta que Salvador murió en enero de 1883, exactamente el mismo día en el que 60 años antes había asumido la gobernación de San Juan, su provincia natal. Ella sobrevivió 15 años.

Cuentan algunos biógrafos que cuando le informaron de la muerte de su marido, Tuburcia sólo se limitó a preguntar cuánto dinero le había dejado. Cuando la viuda advirtió que no era poco, convocó al arquitecto francés Alberto Fabré, para que, en un predio que el matrimonio poseía en Lobos, construyera una enorme residencia en la que luego organizaría grandes fiestas destinadas a agasajar a sus amigos.

Pero esa opulenta vida no apagó el odio que evidentemente seguía sintiendo por su difunto esposo, a tal punto que encargó a Camilo Pomairone, un majestuoso mausoleo en el cementerio de la Recoleta, ordenándolos construir una estatua de su marido sentado en un sillón mirando hacia el sur. La idea era que, cuando ella falleciera, se erigiera un busto de sí misma que debía colocarse de espaldas al de su marido, argumentando que, aún después de muerta, iba a seguir enojada con él.

Se decía que ella no quería mirar en la misma dirección que su marido por toda la eternidad. Tiburcia Domínguez falleció en septiembre de 1898, y como dejó especificado los monumentos que los recuerdan se dan la espalda.




Un figura sanjuanina destacada

Salvador María José del Carril de la Rosa nació en la ciudad de San Juan el 10 de agosto de 1798. Hizo sus primeros estudios en su ciudad y muy joven se trasladó a Córdoba para estudiar en la Universidad. Fue discípulo del deán Gregorio Funes durante los tiempos de la Revolución de Mayo y se doctoró en derecho civil y canónico en 1816, a los 18 años de edad.

Viajó a Buenos Aires, donde ejerció el periodismo. Atraviesa la turbulenta década de 1820 ejerciendo diversos cargos públicos y parte al exilio hacia 1829. Salvador conoce a María Tiburcia del Carmen Domínguez de López Camelo en su exilio en Uruguay.

En San Juan, asume como ministro de gobierno entre 1822 y 1823, y a sus 24 años fue electo gobernador sanjuanino. Entre sus disposiciones, suprime el cabildo, las alcaldías, los conventos y las milicias.

Fue un defensor de las ideas liberales y aplica el mismo sistema que Bernardino Rivadavia estableció en la provincia de Buenos Aires. Proclama la Carta de Mayo, que es la primera constitución provincial escrita del país, en la que se incluyen los derechos del hombre, siguiendo los preceptos de la Asamblea del año XIII.

La Carta incluía la libertad de cultos por primera vez en el país. A los trece días de la firma de la Carta de Mayo, una revolución lo derrocó y parte al exilio en Mendoza. Este documento fundacional de la tradición constitucional fue quemado en la plaza pública, en julio de 1825.

El 8 de febrero de 1826 el Congreso General nombra a Bernardino Rivadavia presidente de la República, y éste elige como ministro de Hacienda a Salvador María del Carril. En el marco de la guerra contra Brasil, Del Carril propone la ley de consolidación de la deuda, la convertibilidad de la moneda emitida en papel, y el uso del oro como pago del comercio exterior. La renuncia de Rivadavia en junio de 1827 significó el retroceso de sus partidarios como Del Carril, y el ascenso del coronel Manuel Dorrego a la gobernación porteña.

Participó del partido unitario y desde 1843 comenzó una larga correspondencia con el gobernador federal de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, con quien iba a construir una perpetua amistad. Luego de la batalla de Caseros, donde Urquiza derrota a Rosas, Del Carril regresa al país y se integra al Consejo de Estado que organiza Urquiza.

La provincia de San Juan lo nombra diputado al Congreso General Constituyente de Santa Fe y es uno de los varios unitarios que firma la Constitución Federal de 1853. Urquiza lo elige como compañero de fórmula para las elecciones de fines de 1853, y eso lo convierte a Salvador del Carril en el primer vicepresidente constitucional de la Argentina, el 5 de marzo de 1854.

Debido a las ausencias de Urquiza de la capital, Paraná, la tarea de Del Carril a cargo del Poder Ejecutivo fue enorme. Mantuvo una lealtad sin fisuras con el presidente, a pesar de sus desacuerdos en algunas medidas. Quiso ser el sucesor de Urquiza, pero Alberdi interpretó la Constitución diciendo que los dos cargos (presidente y vice) eran similares y simultáneos para impedir su reelección, ya que no fue la intención de los constituyentes la creación de una dictadura bicéfala.

Producida la unificación del país luego de la batalla de Pavón, el presidente Bartolomé Mitre nombró a los jueces de la primera Corte Suprema de Justicia, entre los que estaba Salvador del Carril. En 1870 Del Carril fue nombrado presidente de la Corte y renunció en 1877 para retirarse de toda actividad pública.
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