"Nunca fui una enamorada de la vida en el mar, sino que fue un amor que se fue construyendo mientras la vocación aumentaba, todo muy lentamente", explica Jaramillo, que fue mamá a los 17 años y desde esa edad salió a trabajar de lo que fuera: empleada doméstica, cuidadora de chicos, repartidora de carbón y hasta fue a pedir trabajo a la Armada y a la Policía, pero ser mujer era un condicionante inquebrantable". En la Prefectura le pasó lo mismo, pero al menos le dieron la opción de hacer un curso de camarera para probar suerte y, por supuesto, lo tomó.
La capitana se embarcó por primera vez en 1996 con su libreta de camarera, única opción para una mujer a bordo de un barco, y dos años más tarde, cuando ya tenía varias navegaciones en su haber -trabajó para las pesqueras Harengus, Hamaltat y Wanchese-, obtuvo la libreta de marinera que la habilitaba a trabajar como ayudante de cocina a bordo, cocinera, operaria de planta y marinera de cubierta.
Arrancó a los 18 y le vienen los recuerdos a Nancy, como cuando caminaba solita por el muelle en medio de la noche cerrada del invierno. "Fueron años muy duros, sentí en carne propia el desprecio y la discriminación por querer hacer un trabajo digno y ofrecerle un futuro a su hijo", le dice a Clarín en un breve y fortuito encuentro, ya que tuvo que volver a la escollera de Mar del Plata para buscar un repuesto para el buque y, rápidamente volver a internarse en las fauces del océano.
Jaramillo dice que "las mareas" (período en que se interna en el mar para pescar) pueden durar entre 25 y 35 días y que, a veces, hace dos y hasta tres juntas para luego juntar días de descanso y marcharse a Puerto Madryn ver a su hijo, hoy de 25 años, y a sus dos nietos. "Imaginate todo ese tiempo ausente, borrada del mundo, porque allá -señala el horizonte marítimo- la vida es un misterio insondable".
Cuenta que sólo hay un teléfono satelital que se usa muy poquito, porque es carísimo. "Podemos hablar un minuto o dos, cada siete u o ocho días. Más que un saludo es una prueba de vida, decir 'acá estoy, no nos hundimos'. Después podés estar un día o dos sin decir palabra. No hay televisor ni internet... y te acostumbrás, te adaptás. Yo tengo un trabajo exigente de 12 horas sin parar, tarea que me resultaría complicada si hubiera internet, porque eso te saca tiempo".
Hace foco en la fortaleza anímica que hay que tener, "porque el mar da tranquilidad, contiene pero si no lo bancás, puede tornarse un arma de doble fila, angustiante. La rutina, a veces es insoportable, porque hay que hacer siempre lo mismo en cada marea que salimos, que puede durar entre treinta y cuarenta días, en los que yo sólo tengo que pensar en la tripulación, el barco y la pesca".
El rostro ameno muta en otro mustio. “Yo resigné la crianza de mi hijo para que no le faltara nada, me fui a trabajar y lo criaron mis padres; yo me convertí casi en una visita. Me costó entender que esa era la mamá que podía hacer, ausente físicamente, pero presente a la hora de dejar todas las instrucciones. Mi objetivo era abastecer a mi hijo y eso lo logré y Amiel muchas veces, ante mi culpa, me dejó en claro que él está orgulloso de su mamá", relata con cierto alivio.
"Ser capitana -casi siempre dice capitán, acepta que le cuesta agregar la a- es un poder y una responsabilidad muy grande, ya que soy la que tiene que decidir el recorrido del buque, la explotación del recurso marítimo y cuestiones de seguridad como resolver ante una inesperada tormenta, o qué hacer si alguien de la tripulación se enferma. Soy la que decido y resuelvo, y se cumple lo que yo digo, aunque después tengo que hacerme cargo de las decisiones tomadas".
Cálida, sensible y con carácter rocoso, Jaramillo hace saber que ante la tripulación debe mostrarse fuerte y con temperamento "de lo contrario "me comen con papas". Y confiesa que "hasta el día de hoy tengo que parar el carro a alguien, porque siempre aparece algún desacatado fuera de lugar al que hay que ubicar. La verdad que es a diario y esperemos que esto vaya cambiando de a poco y se me vea como una par más, no como la minita del barco. El ámbito marítimo tiene que aceptar -verbo que repite tres veces- que una mujer puede ser la mandamás de una embarcación".
Fuente: Clarín









