El detenido por los abusos en el Senado bonaerense se hacía pasar por familiar de Cristina

Nicolás Rodríguez comandaba una agrupación donde trabajó con Giselle Fernández, hermana de la ex presidenta de la Nación.

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Nicolás Rodríguez
Nicolás Rodríguez

Nicolás Rodríguez, el dirigente kirchnerista detenido junto a su novia Daniela Silva Muñoz por el escándalo de abusos sexuales que sacudió al Senado bonaerense, decía ser familiar de la ex presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner. Era una carta que usaba para mostrarse “poderoso” o “intocable” dentro de la militancia y el Estado, según entienden fuentes con acceso a la investigación que revelaron el dato. 

El parentesco entre el presunto depredador sexual -también señalado por las mujeres denunciantes como líder de una secta llamada “La Orden de la Luz”- y la exmandataria no sería más que un invento suyo, o al menos no está acreditado en la causa judicial que tramita en La Plata.

Nicolás Rodríguez fue hasta su caída uno de los referentes del Movimiento Ciudadano La Capitana, agrupación militante que hasta 2021 integró Giselle Fernández, hermana de Cristina.

Pero Rodríguez decía tener llegada directa a su máxima líder política. En sus declaraciones, de hecho, las víctimas contaron que mientras ocurrían los hechos lo percibían como “un todo poderoso”, “que tenía estudiados sus movimientos, que sabía todos sus secretos y lugares habituales”.

Una testigo de identidad reservada, funcionaria del Municipio de La Plata -donde trabajó con el acusado- y confidente de una víctima, que al denunciar su caso reactivó la causa judicial, fue quien reveló la novedad a la fiscal de La Plata Betina Lacki, encargada de la investigación.

En su declaración, a la que tuvo acceso Infobae, relató: “Nicolás me pidió ir a mi casa, una noche en la que no esté mi hija, y esté sola, ya que me tenía que contar algo muy importante para la política. Yo evadí esas propuestas, ya que me parecía que estaba insinuando algo más, y cuando él se dio cuenta, me dijo que para que no me sienta incómoda, él podía ir con alguna de las chicas de su organizacion, pero no sucedió, ya que me incomodaba”.

La funcionaria platense siguió su relato, con más detalles: “Cuando pasaron algunos días de esa propuesta, Nicolás me dice que lo que me quería comentar es que él tenia vínculos familiares con Cristina Fernández de Kirchner, y que me dejó de insistir porque se dio cuenta de que yo me lo había tomando mal, que había pensado cualquier cosa, cuando él solo quería confiarme algo muy importante políticamente”.

Los investigadores consideran que no se trata de algo aislado: mostrarse como un “peso pesado” dentro del kirchnerismo era parte de su estrategia para mantenerse impune de los delitos que le atribuyen.

Una de las denunciantes coincidió con el relato de la testigo: tanto Rodríguez como su pareja y supuesta cómplice, Silva Muñoz, le contaron que él era sobrino de la expresidenta.

El caso que se investiga

El juez de garantías Juan Pablo Masi resolverá en las próximas horas el pedido de prisión preventiva para ambos imputados que formuló la fiscal Lacki. Rodríguez y Silva Muñoz no solo están bajo investigación por los delitos sexuales, sino también por privación ilegítima de la libertad y amenazas.

El contexto en el que ocurrieron estos hechos combinó la militancia, el trabajo en la Cámara de Senadores bonaerense y prácticas esotéricas.

Los acusados lideraban lo que denominaron “La Orden de la Luz”, una secta donde él se autoproclamaba como un ser superior o “Dios en la tierra”, al que llamaban “Kiei”. Bajo esta fachada, convencieron a las víctimas de que su propósito existencial radicaba en satisfacer los deseos del líder y de su compañera, Silva Muñoz, a quien definían como una maestra espiritual o “sensei”.

La manipulación ejercida, según coinciden denuncias, incluyó la promesa de pasantías y puestos laborales en el Senado. Sin embargo, las becas que percibían las damnificadas muchas veces eran financiadas por el propio Rodríguez para generar una deuda económica y moral. Una vez establecido el vínculo de confianza y subordinación comenzaban los ataques sexuales, que incluyeron acceso carnal violento y el uso de armas blancas para amenazar a las mujeres.

Durante los encuentros en los domicilios de los imputados, se exhibían cuchillos y katanas, elementos que el agresor utilizaba para amedrentar. Varios de estos fueron secuestrados en los allanamientos.

Las denunciantes describieron situaciones de extrema violencia física, como mordeduras y quemaduras en el cuerpo, y asfixias hasta el desmayo.

El rol de Silva Muñoz resultó determinante en la ejecución de los delitos. Lejos de proteger a sus compañeras de militancia, la mujer actuó como partícipe necesaria, facilitando los encuentros y presenciando los abusos, dictaminó la fiscalía.

La detenida, referente en materia de género dentro de La Capitana y otros espacios políticos, persuadió a las jóvenes para que aceptaran las condiciones impuestas por el “líder”, bajo la premisa de que debían “domar su fuego” interno y obedecer las órdenes superiores.

Las pericias y testimonios indicaron que el hostigamiento continuó incluso cuando las víctimas intentaron abandonar la organización. Recibieron correos electrónicos intimidatorios desde una cuenta denominada “Hiraki Seiton”, con mensajes que alertaban sobre peligros sobrenaturales o amenazas directas de muerte hacia sus familiares si decidían romper el pacto de silencio.

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